“Siempre he pensado que a los antiguos los tomamos demasiado en serio”

La presentación de María Jesus Montecinos a "Astucias" de Trinidad Silva

El 15 de diciembre María Jesús Montecinos, Marcela Labraña y Pedro Peirano presentaron Astucias. Dioses, animales y hombres en la Grecia Antigua de Trinidad Silva. Reproducimos aquí la presentación de María Jesús Montecinos, quien reseñó la sección “Dioses”.

 

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Esto nos dice, muy al comienzo de su libro Astucias, Trinidad Silva. Es una declaración no solo aliviante, sino fundamental, porque con los antiguos (y con los griegos en particular) nos pasa algo: es como si se nos olvidara que fueron de verdad y, en cambio, los leemos como si fueran los poseedores de ella. Seres mitológicos en sí mismos, que atesoran verdades ciertas veladas para nosotros. El tiempo no solo ha velado a los antiguos, nos dice al comienzo Trinidad, sino que, peor aún, los ha petrificado. Los griegos se nos han vuelto su versión más seria y severa. Esa que solo se puede, se debe, leer en griego.

 

Dentro de la filosofía, diría que los más mateos en general son los que se dedican a Antigua. Conozco a un par y son muy buenos. El griego es una lengua exigente, seductora; son otras palabras, pero también son otras letras, y eso, que para muchos es un juego amoroso infinito, para otros, a veces, termina ofreciéndoles las piezas de un ejercicio devorador. Una forma de gula intelectual casi frenética. Esas formas de estudiar e investigar que apelan al uso o conocimiento realmente correcto de un objeto. En Antigua, podríamos pensar, son esos que confían en que los griegos no tuvieron el mismo problema que nosotros: a saber, que nadie sabe qué está diciendo. Hay seriedades que se vuelven detallistas hasta la paralización. Y quien se deja encandilar por ellas va adquiriendo un ritmo pausado, camina lento. Es la parsimonia que se gana no por la tranquilidad de la sabiduría, sino fruto del peso de tanto saber. Son los que se han llenado hasta el cansancio.

 

En este libro, la autora nos invita a leer de otra forma, a acercarnos a los griegos desde el placer, la risa, el afecto y la curiosidad, nos dice. Pienso en cómo todas esas son experiencias donde tenemos que tener al menos un poco de espacio dentro de nosotros; no podemos reírnos cómodamente con la boca llena, ni de comida ni de saberes.

 

El objeto que toma Trinidad para este libro, la astucia, tiene mucho de eso: del adentro y del afuera. Del espacio que puede ser llenado y de lo incompleto. De lo que entra y de lo que sale. La astucia, nos dice la autora, es una forma de inteligencia asociada a la vida. Una forma de inteligencia del cuerpo animado, radicalmente distinta a una inteligencia que opera como capacidad formal: eficaz e instrumental, la que acumula y ordena. Si la astucia nos habla de vida, entonces habría que poner algunas inteligencias del lado de la muerte, la inteligencia artificial, por ejemplo.

 

Pero no son sólo las máquinas las que piensan como muertos. Hay que acordarse de que es precisamente a los muertos a quienes no les falta nada, y quien quiere estar realmente entero, ser uno, llenado de saber, completo, tiene que pagar ese precio: su propia vida. De un lado la muerte, del otro la vida, parece sugerir la autora. De un lado la quietud, del otro, lo que no deja de escurrirse. Y como tal, por ser una inteligencia del reino de los vivos, la astucia es una inteligencia múltiple, agrega Trinidad. De un lado lo uno; del otro lado lo múltiple. El título lo dice claramente: no es una astucia, sino astucias. Y no solo se despliega en hombres, sino también en animales y en lo divino. En un cierto tipo de divinidad, esa en que la forma de lo divino está dispuesta a ser varios. Dioses que, por ser muchos, pueden rivalizar y también querer. Dioses que pueden no saberlo todo. Dioses que tienen la verdad repartida.

 

Parto por Kronos. Voy contando algunas historias del libro mientras comparto lo que yo misma fui pensando.

 

Kronos, el tiempo, es un titán. Los titanes son terribles, y Kronos es el peor de todos, nos cuenta la autora en el primer capítulo. Kronos se come a sus hijos. Los esconde para que nadie vea algo otro de sí mismo, pienso. Comiéndoselos, los hace suyos, llenándose de ellos.

 

Antes, castró a su padre Urano, el Cielo.

 

Kronos parece conocer bien los medios y el precio que hay que estar dispuesto a pagar por ser uno: no puede haber otro. La lógica va estableciendo el recorrido: hay que arrasar con todo límite. Hacia atrás y hacia el porvenir. Trinidad nos dice que Kronos es el más terrible, precisamente porque su inteligencia es excesiva.

 

Urano, el padre de Kronos, había hecho algo quizás incluso peor: “movido por los celos, retiene a sus hijos con su manto celeste en el seno de Gea, sin dejar que nazcan”. Sin tiempo, Gea no puede dar a luz.

 

“Habría que imaginar lo que se siente un embarazo sin tiempo de parto”, nos dice Trinidad.

 

Y lo imagino.

 

Como esas esperanzas que se sostienen más allá de lo razonable. Esas mañanas y tardes que de nada se vuelven aplastantes, como si efectivamente el cielo fuera a caernos encima. Esas promesas que no se cumplen nunca, esas ganas mudas que se van asfixiando en la espera hasta aburrirse de sí mismas.

 

Quizás Urano está tan ensimismado en lo propio, que ni la ve ahí: muerta de aburrimiento.

 

Pero su venganza es feroz. Gea gesta rabia y gesta al tiempo. No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, dice el dicho. Junto a su hijo Kronos, urde la venganza. Es el primer pujo de la vida misma.

 

La vida tiene un tiempo.

 

Gea manda a castrar al padre de sus hijos, que no los deja nacer. La rabia de Gea no es desde la fuerza, es la de la venganza que adquiere la forma del cumplimiento. Cuando la paciencia se acaba. Es esa forma que se cansa de esperar y cobra con la realidad. Esa que cumple lo que el otro dice querer. Gea pone en el cuerpo la impotencia de Urano.

 

Kronos lo castra y luego se dedica a devorar a sus propios hijos. Hijos de su hermana Rea, diosa de la fertilidad. Rea también se agota, nos cuenta Trinidad. Kronos parece que se come todo, y ella hace uso de esa ferocidad insaciable, envolviendo una piedra, que disfraza de su hijo menor Zeus, a quien esconde. Kronos se traga la mentira, y con eso todo lo que había devorado termina saliendo expulsado de sí.

 

Un segundo pujo de la vida, uno más fuerte. El mito me hace pensar en la relación paradójica del tiempo y la vida. Nacen un poco juntos, nos cuenta el libro, pero al mismo tiempo encontrados. Que a la vida la mate el tiempo es motivo suficiente para entender la enemistad, ¿pero cómo es que entonces gana la vida? ¿Cómo es que le gana Rea, la fertilidad, al tiempo?

 

Rea hace algo distinto a Gea: esta diosa no quita, sino que aprovecha la voracidad del propio Kronos, aquella que por desenfreno ha comprometido el discernimiento del Tiempo. Kronos traga verdades como traga mentiras. Me detengo y quedo totalmente atrapada en la escena. Pienso que no es fácil tragarse una piedra. No solo es que se confunda un hijo con otra cosa. Es que una piedra pesa, raspa, se deja sentir en su recorrido, daña. La piedra pasa y el cuerpo sabe, porque duele. Kronos ve, pero no escucha al cuerpo. No siente ya nada. Es la ferocidad que conoce cualquiera que ha pasado noches concentrado leyendo, esa ferocidad que se llena de letras y no siente hambre. Esa concentración donde nada se escucha y solo se ve. Pero el que quiere llenarse y comerse todo, cae por su propio peso.

 

Me detengo un poco. Porque la lucha es voraz. Es una lucha de comer y de tragar. De lo que vemos y de lo que nos es invisible, de lo que creemos saber y de lo que inevitablemente nos confronta con lo que ignoramos. Urano y Kronos del lado de la luz, nos dice Trinidad. Gea y Rea en lo que no se ve venir.

 

Es el despliegue de lo divino en una forma encarnada. Dioses, habría que decir además, atravesados por la diferencia sexual. Eso que no deja de molestar al uno: el dos. O lo femenino, o la mujer. Peligrosa, porque quién sabe qué es, qué quiere y qué esconde.

 

Vuelvo. En la versión de Apolodoro, nos cuenta la autora, Zeus es ayudado por Metis, diosa de la inteligencia y la astucia, quien lo aconseja. Frente a la brutalidad de Urano y Kronos, que no conocen límites frente a sí mismos, “Zeus se instala como Padre eterno” dice la autora. “La cualidad característica de Zeus es su prudencia: se preocupa por los demás, hace alianzas, muestra respeto y procura justicia”, agrega. Zeus es astuto porque conoce límites y escucha a otros. Y conoce los límites del tiempo, precisamente porque conoce la oportunidad.

 

Zeus no solo se deja aconsejar por Metis, sino que se casa con ella.

 

Pero, cuando Metis queda embarazada, también se la come.

 

Quizás hay herencias que cuesta mucho quitárnoslas de encima.

 

Gea había predicho que después de la hija que Metis llevaba en su vientre nacería un hijo destinado a ser el dueño del cielo. Hesíodo cuenta que Zeus persuadió a Metis y así se la tragó.

 

¿Quién es el más astuto, nos pregunta Trinidad: Zeus o Metis?

 

Metis desaparece. La autora nos dice que “El ocultamiento también tiene su forma. Su forma es la de desaparecer, salir de la vista, no ser pensado ni considerado. Y no ser visto es un poder que puede no conocer límite. La autora da ejemplos. Hombres que, invisibles, se vuelven criminales horrorosos. Sin la mirada de otros, entonces volvemos al desenfreno del uno. “Pero Metis es mujer”, dice Trinidad. Y continúa: “Pareciera que la invisibilidad no es un poder que la mujer se tome, sino más bien una condición que se le otorga o un escenario al que entra desde la persuasión, como Metis, lo hace supuestamente convencida por Zeus”.  El enigma que plantea el libro es provocador: “quizás podemos especular que fue Metis quien engañó a Zeus, haciéndole creer que no podría operar desde la oscuridad de sus entrañas. Quizás Zeus le explicó algo que ella ya sabía”. Y un poco más adelante agrega: “Incluso habría que saber admitir la posibilidad de que Zeus no fuera sino el pseudónimo para Metis”. Una forma, en la que Metis se envuelve tan profundo en Zeus que éste ni se da cuenta que es solo el medio para el despliegue de una inteligencia que no le pertenece y que lo usa a tal punto que lo confunde respecto a quién es.

 

Creo que esta imagen es uno de los terrores masculinos. Desaparecer por dejar entrar al otro.

 

Pienso, mientras leo, que quizás la historia tiene más entre eso poco que se nos cuenta. Zeus fue él mismo escondido, y quizás con eso aprendió algo respecto a cómo, a veces, o quizás siempre, se cuida al otro. Cubriéndolo, envolviéndolo, poniendo límites en el espacio y el tiempo, haciendo un adentro y un afuera.

 

Metis le salva la vida a Zeus, y Zeus responde cubriéndola de las miradas de todos. Nos parece una venganza, parece una alianza. Una alianza amorosa empieza a sugerir el libro. Sugiere pero no dice todo, así que me quedo ahí. Pensando.

 

Zeus parece reparar lo dañado por sus ancestros. Zeus decide hacer algo con la vida que se le ofrece, entiende que el destino por su propia naturaleza no es nunca inevitable, porque el misterio sobre lo vivo siempre se nos oculta. Es móvil por defecto. Es del reino del no saber y no del saber. Y que respecto a nuestro destino mirar demasiado lo que sabemos a veces se paga petrificándonos. En realidad Zeus parece estar dispuesto a un riesgo aún mayor. Una relación distinta con la verdad. Zeus decide dejar de tratar de solo verla en lo que se muestra. Sabe que él mismo fue confundido con una piedra cuando su propia vida fue intercambiada por una mentira que su padre se tragó a plena luz.

 

Zeus, en cambio, parece decidir no ver, sino escuchar. O ambas. En cualquier caso, decide escuchar algo de la verdad. Decide escuchar a su mujer y la verdad que ésta puede ofrecerle. Consejos que no llenan, sino que mueven. La astucia es un tipo de inteligencia múltiple, escurridiza, que es fiel al despliegue de cada vida. Y Zeus la escucha, donde se le puede escuchar, en lo oculto y en el cuerpo. La escucha donde se pueden escuchar las cosas realmente importantes para cada vida, de cerca. Como los secretos que se susurran al oído. No son solo palabras bajitas, son también el aliento del otro. Es también en la piel. La astucia es una inteligencia a ras del cuerpo: la inteligencia de la vida.  Exige una presencia aquí y ahora. Sabe qué busca, o quizás incluso lo ignora, pero conoce qué está siendo la vida en el momento en que se despliega. No la piensa: la experimenta.

 

La astucia es en el cuerpo, es en un cuerpo animado, esa es la apuesta de la autora, y su dirección es dar condiciones al despliegue de la vida. De una vida, de cada vida, podríamos decir.

 

Metis por su parte decide entrar, la diosa de la inteligencia cambia la visibilidad por su voz. Quizás es que no se pueden tener ambas al mismo tiempo. Para ser vista hay que estar a una distancia.  Y si algo de eso sin límite que tiene querer ser uno y entero se le juega a la masculinidad, quizás a lo femenino se nos juega una tentación distinta. Hay mujeres que no se cansan de reclamar por ser vistas. Pienso que un riesgo que tiene lo femenino es que la tentación de entrar al mundo de la mirada supone quedar expuestas a la luz y sus reglas. Supone ubicarse a cierta distancia respecto al otro. Alejarnos, y con eso no solo se sacrifica ser sentidas y escuchadas de cerca, sino también poder escuchar cada una de nosotras algo en lo escondido, en lo oculto, en lo que está muy cerca.  Pienso que hay hombres que han entendido muy bien esto.

 

Zeus el primero.

 

Pero no es solo el murmullo, que no se sabe si se escucha en el oído, o en la cabeza o en la piel, no es eso que por un segundo suspende todo afuera. Así como no es solo la cercanía. Es también lo que se dice. Es ahí donde la palabra deja todos los significados y opera como puerta a través de la cual pasa un pedazo de verdad sonando en la piel. Y cuando eso pasa, es nuestro, es intransmisible. Y no hay fuerza que pueda repartirla. “La verdad revelada sigue siendo mistérica”, dice Trinidad. Y continúa: “¿Y qué es el misterio sino esa resistencia a difundirse, a volverse transparente y accesible? Lo mistérico se mueve para siempre”.

 

Pienso en esa verdad que se escucha cerca, pienso que es tan cerca que es piel con piel. La escena de Zeus y Metis mientras más se le recorre parece no solo más amorosa sino del deseo y del cuerpo. Y así lo confirma la autora.

 

Desde ahí vuelvo a algo que había pensado antes, vuelvo a la fertilidad, que también se juega primero entre piel y piel. Ahí se gestan verdades y vidas. ¿Cómo es que Rea, diosa de la fertilidad, o una vida, le ganó entonces al tiempo? Así, en lo que se susurra tocando: el presente. El aquí que recorre dos cuerpos pegados y que hace que el tiempo, por un momento, se detenga.

 

Voy cerrando. El libro es simplemente genial, y como Metis, se deja devorar y no deja de susurrarnos. El libro habla de dioses, animales y hombres. A las mujeres hay que encontrarlas donde estamos, por aquí, por allá. Nunca en el título, lo femenino siempre un poco más del lado de lo divino y siempre un poco más del lado de la astucia. Siempre escondiendo lo que moviliza. Un poco de esa verdad que falta y a la cual no se llega por la fuerza, ni tampoco por la razón. Ese no sé, que permite participar de misterios.

 

Hay libros que te aprietan, que son lúcidos, inteligentes hasta el cansancio. Este libro es como su objeto. No está lleno, muestra y oculta. Leemos este libro en la forma de esta inteligencia de vida que es menos temerosa. Que ofrece, aunque se le tema, esa que no sabe todo, esa que prefiere dar a luz antes que iluminar o iluminarse. Que no levita, porque todavía tiene cuerpo. Por eso, este libro, como la astucia, es amoroso, porque es desde cerca (en mi caso muy cerca, porque a la Trini yo simplemente la adoro). Es un libro al modo de la astucia porque tiene espacio para recibir al otro. Para que quien lee vaya desplegando su propia vida y se encuentre con secretos que ni siquiera la misma autora conoce.

 

 

 

 

 

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